Esa delgada línea entre el sufrimiento y el placer

Esa delgada línea entre el sufrimiento y el placer

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Categoría: Relatos

—Hola.

Esa voz con cadencia de humo de cigarro fluyendo entre unos labios carnosos, que reflejaba una sonrisa y un proyecto en penumbras, tan recordada, tantas veces ansiada desde su primera sonrisa, y desesperadamente buscada tras el primer beso infinito… Era él, la explosión de vida y la propuesta de muerte en aquellas notas roncas.

No contestó. Entregó silencio. Sabía con quién se estaba comunicando. La razón no cabía entre ellos. Todo se creaba sin molde, salvaje, sádico, arrebatador.

—¿Me has echado de menos?

Era Rodrigo, sin duda. Podía ver su cara pronunciando aquellas palabras. No había forma de escapar, porque no era un juego. Él era verdad, su propia verdad expresada francamente.

—Por supuesto. Ya lo sabes —contestó Ángela, sin tener tan siquiera el impulso de preguntar si él también la había añorado.

—¿Quieres dormir conmigo esta noche? — La primera vez que Rodrigo le hizo esa pregunta, ella se sintió en la necesidad de ofenderse, y así lo expresó. Esta vez su corazón dio un vuelco.

— Sí.

—De acuerdo, llevo la cena. Voy para allá.

Colgaron. El corazón parecía querer salir del pecho de Ángela. Rápidamente se arrancó de encima la ropa y abrió el grifo. Tardaría algo más de media hora en llegar, y tenía que llenar el tiempo con algo que no fuera dar vueltas por la casa de manera desesperada, así que se metió bajo el chorro de la ducha y dejó que el agua caliente fuera, poco a poco, relajando su alma.

 

Graciela Bárbulo


La noche no insomne

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Categoría: Relatos

Aquella noche abstracta era mentirosa, y él lo sabía. Prometía ser triste, pero algo dentro de sí, algo no conocido hasta entonces, supo que la noche mentía, y entonces él también sintió esa certeza. Algo iba a ocurrir; no era claro ni qué ni cuándo, pero daría un giro a lo que intuía unos minutos antes, cuando la soledad le abrumaba y el insomnio le guiñaba un ojo, terco, sádico.

Tendría que hacerse amigo del insomnio, así que él también le hizo un guiño, e incluso le agradeció su voluntad de hacerle compañía. Respiró profundamente y se dejó llevar.

Y sucedió. Una sensación de felicidad fue abordándole lentamente, y al tiempo había llenado su cuerpo, y luego su existencia. No consistía en nada en concreto. Únicamente estaba allí, y él supo que siempre había estado en aquellas noches que amenazaban ser terribles y contra las que tanto había intentado luchar.

Así que esa era la clave: dejarse llevar, dejarse sentir, dejar de ser de sí mismo y pertenecer… ¡Pertenecer!

Henchido de regocijo, notó cómo el insomnio que le había guiñado un ojo juguetón se dejó vencer y cerró el otro también, y quedó sólo, completo de sí mismo y, sabiéndose a salvo, se adentró, suavemente, en el sueño más dulce y amable que jamás había conocido.

 

Graciela Bárbulo


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Siempre y en todo lugar

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Se había puesto el vestido rojo, el de la cremallera a la cual él acudía en cada ocasión para subirla desde su cintura hasta el centro de sus omóplatos.

«Yo sé que tú estás aquí conmigo. No sé dónde, dónde es aquí. Pero en los sagrados momentos en que siento tu presencia, me abalanzo suavemente hacia esa sensación. No creas que revivo escenas de otro tiempo. No. Me permito fluir en tus sentidos, que crean, poco a poco, las vivgirl-1141279_1920encias olvidadas, los fragmentos recreados en nuestras palabras sin sonido, antiguas, fabricadas de miradas y caricias.

Entonces, abandono mi presente y me diluyo en la lenta explosión del germinar de esos momentos ya sembrados, y la sensación onírica va dando lugar a la creación de un universo en el que tú y yo somos el eje.

Luego nos adentramos en ese lugar de promesas cumplidas y, dejándonos llevar por sus leyes, nos reencontramos, aportando cada vez un nuevo retazo de realidad, siendo testigos de la fusión sin tiempo en la realización de cada proyecto inacabado…»

Fue inevitable cerrar los sentidos al exterior, y volver a conectar con su esencia y el deseo reprimido de realizar todas las expectativas nacidas de cada momento en que se convertían en Uno.

Tras capear la explosión de su mente inconsciente, viajando en dirección a una realidad que reclamaba pertenecer a un pasado, y al sentir la ausencia de tiempo y la distancia de la vida o la muerte, quedó en silencio, de nuevo, tranquila.

La falda de su vestido desabrochado se derramaba por el sofá, desde su cuerpo tumbado hasta el suelo.

Nada que sentir. Silencio absoluto, paz infinita.

Mas de la nada emergió el reverso del sueño, la pieza que dotaba a su anverso de sentido y lo trasmutaba en algo distinto para luego convertirse, juntos, en un todo.

Y, sin escuchar, oyó su voz, sin mirar vio su sueño y sin sentir percibió su presencia:

«Te espero, amor, en la estación de nuestro sueño que nunca alcancé, mientras construyo, desde este lugar sin espacio ni tiempo, la realidad que quiero vivir de nuevo contigo, para seguir adelante en lo que no te supe prometer, lo que nunca te dije, pero soñaba mientras acariciaba la geografía de tu cuerpo con las manos impregnadas de proyectos.

Quizá las consciencias no lo saben todo, pero la vibración de nuestra piel tiene grabada una historia de amor sin final, sin origen, en dimensiones aún sólo intuidas.

Y tal vez cada historia tenga un final, pero hasta que no resurjan los recuerdos de nuestro tacto, no habrá final para todas sus posibilidades.

Porque yo sé que tú estás siempre conmigo. No sé cuándo, cuándo es siempre. Pero en los sagrados momentos en que sienta tu presencia, me abalanzaré suavemente hacia esa sensación, y viviremos cada final infinito de nuestro relato en un lugar y un tiempo comunes.

Te espero, eternamente, en nuestro onírico mundo…»

En Ciudad Oniria… —pronunció.

De nuevo, silencio. Se incorporó, se frotó los ojos y miró a su alrededor. Nada había cambiado pero todo era distinto. Se puso en pié, subió la cremallera de su vestido, se miró al espejo y se descubrió. Acababa de nacer, pero no era ya la que reflejaba ese espejo.

Se giró, y una sonrisa involuntaria escapó de entre sus labios.

Abrió la puerta y salió de casa, cerrando tras de sí un pasado de inconsciencia y dolor. Y se dirigió a la fiesta.

 

Graciela Bárbulo

Texto seleccionado para formar parte del libro de relatos «Ciudad Oniria»