Solo pan, gracias

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Solo pan, gracias

Cuando mi hijo tenía unos tres años, se bajó (con ayuda, por supuesto) de la trona en el restaurante donde estábamos comiendo para pedir algo a la camarera. Ella ni se percató de su existencia, así que el pobre quedó sin respuesta tras varios intentos. En cuanto se dio por vencido, se sentó de nuevo y nos dijo: «No me quiere porque aún no me conoce».

Un amigo que ya tenía dos hijos, me dijo un día «Date cuenta de que tú para él eres el mundo». Aquello no fue una simple frase; recorrí en un momento escenas de mi infancia y su relación con vivencias de mi edad adulta. Ahí estaba. Aquello era el mundo, y siempre lo sería.

Lo que quiero decir es que de lo que nos sentimos abastecidos cuando el mundo es nuestra madre es lo que consideramos que nos pertenece. Y, de alguna manera mágica, atraemos a nuestra vida, de forma natural, todo aquello que fue así de natural tener en la infancia.

Todos tenemos derecho a ser abastecidos por la vida de forma que cada una de nuestras necesidades, y más, nuestros deseos, se cubran con naturalidad, pero eso no siempre ocurre. No. No estoy echando tierra sobre nadie, y mucho menos sobre una madre, que lo soy y sé de qué se trata. Pero, ahora que ya está todo hecho, ¿no podemos darnos cuenta que todo es un juego de expectativas?

Uno ni se plantea que no vaya a tener eso que le ha sido demostrado que le corresponde. Aprendimos que aunque demos caca, tenemos teta, aunque demos berrinche, nos empujan el columpio.

Todo eso es natural, ¿no es así? ¿Quién, que lee esto, no lo ha tenido? Probablemente todos nosotros hemos cubierto esas necesidades. Sin embargo, ahora, ¡qué curioso!, falta dinero, falta amor, falta apoyo, falta consuelo. Nadie empuja nuestros columpios. ¿Qué pasó?

Una espada parece haber cortado nuestro vínculo con el abastecimiento primordial (y natural). Esa espada tiene muchas aristas que se conjugan en un único filo: el inconsciente colectivo.

Ya puedes haber decidido que no lees prensa, que no ves tele, que no te tragas el cuento de las revisiones (¿eres mujer?) ginecológicas forzosas… Pero un día bajas a por el pan y ¡ahí está!, el comentario de la panadera, directo al subconsciente, «Con esta crisis… ¡Porque, que la hay, la hay, y bien gorda!, y sin dinero para las pensiones, y el paro creciendo… Los chavales no tienen futuro; no sé qué va a ser de ellos, están abocados al fracaso». Una barra de pan que te ha costado una vida entera.

¿Cuándo te das cuenta de que el corte entre tus derechos y la apariencia de tu propia vida estaba en una esquina del cruce dos calles más abajo?

No importa cuándo, porque tú sabes que, si algo existe y es bueno, te pertenece. Lo que cualquiera divague sobre ello, le afecta a sí mismo. Tu oración es otra, la misma que bajó contigo del coche como quien lo hace del columpio, así que no te la dejes en la panadería. Más bien dale, como mínimo, un buen trozo de miga arrancado de ese pan que calienta tus manos y huele a gloria.

Graciela Bárbulo

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Lo que hay

Me quemaba la ansiedad. No pude decir una palabra. Solo nos miramos.

Acercó su mano a mi pecho y plantó sobre él su palma. Un dolor profundo me invadió mientras él sujetaba mi espalda cuando mi cuerpo se desvaneció. Finalmente, abrí los ojos y le miré desde un espacio vacío, liviano. La opresión se había ido.

Entonces, alejó su mano y me la mostró, abierta. Un mundo de humo flotaba sobre ella. Miré atentamente y pude distinguir movimiento denso, como si todo se desarrollara dentro de lodo. Aquello había sido antes aire puro, pero un montón de ideas tercas se habían congregado para espesar el espacio. Fijé la vista y me vi a mí misma empujando mi cuerpo sin destino, desnuda, embarrada.

Me dijo: «sopla».

Yo me reí.

—Sopla— repitió. Él no se reía.

Miré de nuevo aquella forma que se contraía y se expandía, y soplé. Mi aliento era luz. El mundo se iluminó. Soplé de nuevo, y vi cómo se iba desvaneciendo en su mano todo aquello. Cuando entendí que eso no era nada, soplé de nuevo, y desapareció.

Me mostró su mano y me dijo: «aquí nunca hubo nada». Señaló mi cuerpo y me dijo: «ahí nunca hubo nada».

—Aquí, ¿hay algo?— pregunté mirando al suelo.

—Eso es lo que hay— contestó.

Graciela Bárbulo

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Infinitas Posibilidades

Era una sombra dentro del límite de su horizonte.

Pero un día se asomó al exterior y vislumbró

el universo de infinitas posibilidades,

mientras reconocía

que siempre había estado allí.

 

Graciela Bárbulo

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No vivas en tu mente

Category : Poemas

No vivas en tu mente.
Ella te abastecerá de recursos que sirven únicamente a ella.
Te dará sensaciones, deseos, objetivos, anhelos, inquietudes…
para que los alimentes y le des sentido
a ella.

Te llenará también de orgullos, miedos, resquemor, odio, y dividirá en dos el mundo.

Pero tú no eres nada de todo ello.

Obsévala desde fuera.

No entres en tu mente.
Y si entras, no eches el cerrojo
porque un día, harto de sentir el vacío que es,
tendrás urgencia por salir
y volver a tu esencia,
a casa,
olvidando para siempre que aquel lugar nunca existió.

Graciela Bárbulo

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Todo mi amor

Le entregué todo mi amor.

Por eso, cuando me dio la espalda,
recogí velas
y el viento

(ahora libre)

de mi propio amor

me inundó.

Graciela Bárbulo

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Desconfiguración del mundo

Cuando ya no lo esperaba, apareció

y dijo: perdóname.

 

Entonces, mi rencor se apagó,

el mundo se desconfiguró y solo

quedamos él y yo.

 

Y luego, nadie.

            Sólo Amor.

 

Graciela Bárbulo

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Tú sabes cómo es esto

Tranquila, amor, tú sabes cómo es esto.

No desfallezcas.
Estoy a tu lado, pero no me ves.
No puedo recogerte y traerte
aún
conmigo,

pero cuando sientas que ya no queda aire
ni para un último suspiro,
te dejarás llevar,
y sucederá lo que aún no crees.

Será tu última caída,
que, libre de anhelos, de emociones, de criterios,
de rencores,
carecerá de gravedad.
Y en el último abandono,
sin el peso de tu identidad, no caerás finalmente.

Te elevarás,
atravesando el espacio ya vacío,
limpio de miedos.

Antes de terminar el viaje
comprobarás que siempre te he esperado,
para darte un abrazo infinito
del que no despegarnos, para seguir,
juntos,
el camino hacia la aurora.

Graciela Bárbulo

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Despertar

Cuando tú estás en un sueño y te preguntas cómo has llegado a esa situación, te despiertas.

Del mismo modo, cuando tú te preguntas cómo has llegado a la propia vida personal, Despiertas.

La cuestión es que Despertar no es un escalón que nos conduzca directamente a la Liberación. Con frecuencia, nos lleva a otro escalón, y este a otro; y cada uno de ellos nos aleja más del momento de partida, pero no sabemos a dónde nos acerca.

Sin embargo, ya no hay retorno.

En el mismo acto de hacerse la pregunta radica el Despertar.

Preguntárselo y Despertar son una misma cosa. Una vez aceptado por la mente, la cuestión no es que ésta se desintegre, sino que su argumento se despersonaliza. Este proceso, el yo individual lo interpreta como una especie de muerte.

Pero más allá de ello, resurge, paulatinamente, la Verdadera Identidad, que consiste en una Re-conexión con todas las identidades escondidas de sí mismas tras una apariencia individualizada.

Graciela Bárbulo

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Me pongo en pie

Category : Poemas

Me pongo en pie,

toco mis heridas sangrantes,

elevo la vista y, ante mí, un ser,

perdido en su pasado, me mira, interrogante.

 

En sus ojos, todas las miradas perdidas.

 

Le sonrío,

y él me dice vamos,

déjame que te cure las heridas.

 

Damos la espalda a todos los muros

y echamos a andar hacia el futuro,

juntos,

libres.

 

 

Graciela Bárbulo


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Una vida en la yema de los dedos

De nuevo, una noche más, atrapada en el abismo de su mente.  

El pasado, en este presente, configuraba un futuro incierto. El terror se llamaba crisis de pánico. La soledad era frío en los huesos y dolor en las mandíbulas.

Pero había un presente previo, aquel de luz, risas, inconsciencia y logros cumplidos sin duda. Todo era logrado por aquella chica que no dudaba que sería así. Todo. ¿Sería esa la clave? ¿Sería la realización un proceso que se deslizaba ante los sentidos cuando no invadía su fluir el obstáculo de la duda?

¡Cuántas veces había visto tan claro su deseo, sin interferencias! Tantas como lo había logrado convertir en realidad. No había sido consciente, pero ahora advertía que esa era la diferencia entre aquel tiempo y este; esa era la clave.

Así que cogió el portátil y, tal y como estaba la habitación, fría y sin luz, lo puso sobre la manta que cubría sus rodillas mientras se incorporaba colocando un almohadón tras su espalda, y comenzó a escribir.

Estaba claro. Se trataba de buscar un encuentro con la liberación de aquel crudo proceso que estaba viviendo en su mundo emocional. Y, aún más, de provocar un encuentro con una buena entrada a otro mundo maravilloso. Un mundo que pudiera dar soporte a quien se había demostrado tanto tiempo antes que era ella, donde pudiera desplegar sus mejores sonrisas, sus más ardientes vivencias. En fin, donde sentirse viva.

Unas noches atrás se le había ocurrido la idea de desplazar mentalmente la visión de su anhelo actual hacia el pasado, provocar la sensación de que había avanzado en el tiempo respecto del logro, de forma que todo aquello ya habría sido superado, con la finalidad de averiguar qué cambiaría si pudiera realizarse el desenlace. Pero se perdió en la búsqueda de una identidad para posicionarse en el objetivo, y el proceso de visualización se diluyó. Ahora haría lo de siempre, escribir, pero imprimiría a sus textos un único objetivo: una solicitud. Era fácil, como escritora, descubrir lo difícil que resulta seguir un guión, cuando las teclas comienzan a danzar, para plasmar un argumento. Por lo tanto, en este caso sería el propio texto el que se definiera a sí mismo. No había guión, sólo un punto de partida y un final. Ese era todo el esquema con el que contaría aquello que podría convertirse en una novela, un relato o.. ¡quién sabe! Y qué más daba. No iba a ser algo escrito por ella a través de sus manos, sino algo escrito para ella a través de sus manos. Así que, en total oscuridad, con la única luz de la pantalla y la ilusión, los dedos comenzaron a machacar las teclas, una tras otra, a veces más deprisa, a veces a trompicones. Alguna vez, simplemente, parando y regalando a la imaginación una imagen para pedir ayuda.

Todo era perfecto. Un nuevo proyecto. ¿Un texto? ¡No!, una vida. Una vida desde la cual salir de la vida a su tiempo y amablemente.

 

Graciela Bárbulo