La corrección de lo incorrecto

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La corrección de lo incorrecto

Como una carta sin firma, una casa sin pintar, una escultura sin rostro, un cuadro sin enmarcar; la desazón de la falta, la falta de perfección, el naufragio de un relato, el relato de un error. Ese hambre que se siente tras el último bocado, que rebusca en el vacío lo que la pueda saciar. Ese sexo insatisfecho, ese poder y no ser, esa sensación de rabia, de decepción al leer (al leer un buen relato con fallos en el guion, con faltas de ortografía, de ritmo, de puntuación). Con personajes banales, con situaciones de más, con tramas irresolutas, con un lenguaje vulgar. Todo aquello que separa lo bueno de lo especial, lo nuevo de lo acabado, apreciar de disfrutar. El sutil guiño del arte, el salto de calidad, la depuración del texto, la optimización final.

Habrá quien sostenga que la Corrección Literaria de los textos de autor es ya una actividad en desuso, superada tal vez por las potentes herramientas informáticas que los escritores tienen hoy en día a su disposición. El hecho es que, a tenor de los resultados (perceptibles tanto en las obras ya publicadas en papel como en los relatos leídos en la red, e incluso en el registro usado para la comunicación escrita en los nuevos soportes), la calidad literaria de nuestro idioma se tambalea alarmantemente bajo los embates de la mediocridad, la cultura deficiente, los barbarismos, la dejadez de los autores o la simple chabacanería.

Así, habrá quien se conforme con la música del bar, la película pirata, la opinión prefabricada o el sabor descolorido de una verdura industrial, aminorando su capacidad de disfrute en igual medida que lo percibido se aleja de su ideal. El gusto por el detalle parece quedar reservado a unos pocos excéntricos sibaritas, capaces de emocionarse hasta la lágrima frente a una expresión artística sublime, esos que buscan en las obras que exploran la plenitud de los matices, la terminación de las formas, el sabor, en suma, de la Perfección.

Aunque solo sea en honor a ellos, merece la pena afrontar el reto de su búsqueda.

 

La mirada del otro… en el autor

 

La literatura, como la música, es en su esencia manifestación del genio, sustancia destilada del intelecto creador. Ambos tipos de obras son, además, susceptibles de ser mejoradas por la intervención de funciones especializadas como el corrector o el arreglista, respectivamente. Pudiera parecer, sin embargo, que las composiciones literarias permanecen mucho mas apegadas a su mente creadora que las musicales. Se dice que los autores literarios por lo general soportan mucho peor la crítica constructiva de sus obras recién terminadas que los compositores musicales. Por aventurar una razón, tal vez sea debido a que la creación musical requiere de un conocimiento previo específico para poder producirse, mientras que la literaria es más generalista, abierta a cualquiera que pueda expresar sus ideas de manera oral o escrita. Esto abre un inmenso abanico de diferentes perfiles de autor literario, que en su mayoría se muestran reticentes a observar su obra de manera imparcial con el fin de mejorarla.

Es precisamente aquí donde cobra importancia la figura del Corrector Literario, ese consumidor de textos devenido en asesor que, bien sea por un genuino deseo de ayudar al autor, bien sea por su propio afán de búsqueda de la perfección, es capaz de diseccionar la obra de nuevo cuño para limpiarla de faltas básicas, señalar errores y proponer modificaciones al autor. Conviene aclarar que siempre será el creador de la obra quien tenga la última palabra sobre la pertinencia o no de dichas sugerencias, delimitando de esta forma los resultados de la actividad.

 

Las líneas de corrección: trama, personajes, lenguaje y coherencia

 

Dejando de lado la actividad básica de corrección ortotipográfica del texto, necesaria e irrenunciable en todos los casos, la aportación del corrector debe centrarse en darle aplomo y solidez a la historia que se narra. Es indispensable identificar y respetar al máximo el estilo del escritor, ya que no se trata de reescribir la obra, sino de optimizarla sin salirse de los márgenes que hacen reconocible la marca de su creador.

El análisis general de la narración, la revisión de su escaleta, de su ritmo, de la individualidad y registros empleados por los personajes y por el narrador, darán una buena medida de la coherencia inicial de la obra. La calidad del relato es intrínseca al mismo, pero en muchas ocasiones preferiremos una mala historia brillantemente contada que la mejor de las tramas narrada con saltos, vacíos argumentales y personajes inacabados. Muchas veces, por tanto, una buena corrección marcará la diferencia entre el éxito y el fracaso de la obra. En algunas ocasiones, las propias editoriales pueden llegar a imponer criterios adicionales de corrección, de índole puramente comercial o ideológico, siguiendo sus propias políticas internas. Es la ley del mercado, que el propio autor deberá decidir si abraza o rehúye.

Existe, por otro lado, el riesgo de deslizarse por la pendiente contraria: al igual que sucede con la labor de traducción, una corrección mal ejecutada podría deformar el texto original hasta hacerlo irreconocible. Es por ello de extrema importancia acudir a correctores literarios con la debida formación, en los cuales el autor pueda depositar su plena confianza. A fin de cuentas, el equilibrio final de este ajuste fino que supone la labor de corrección será un reflejo fiel del nivel de compenetración que se alcance entre el escritor de la obra y esa mezcla de oráculo, dependiente de tienda, maestro de escuela, estilista, madre atentísima, vendedor a domicilio, vecino molesto y confesor, en la que habrá transmutado la figura de su corrector literario.

 

 


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Quiero volver a vivir a sangre fría

Category : Relatos

Quiero volver a escribir líneas de tinta en un cuaderno, tener tu sonrisa a un centímetro de mi cara, y tus piernas mezcladas con las mías, entre palabras de cualquier asunto irrelevante envueltas en caricias y rodeadas de abrazos.

 

Quiero sentir de nuevo tu aliento en mi cuello, tu espalda en mis labios. Que nos amanezca por sorpresa, y que no importe.

 

Quiero, a tu lado, escribir de otra cosa que no seas tú, en lugar de hacerlo sobre ti en tu ausencia.

 

Quemaría todo lo escrito desde que te colgué el teléfono la última vez por volver al momento en que te dije que no vinieras y, en su lugar, decirte sí.

 

Quiero volver a ese lugar, descolgar el teléfono, escuchar tu voz, y que vayas conmigo.

 

Graciela Bárbulo

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Contarlo

Hay dos formas de llevar a cabo el proceso de escribir:

Una, tener algo que contar y contarlo.

Otra, no tener nada que contar, y contarlo.

Yo hoy no tengo nada que contar, pero eso no quiere decir que no tenga nada dentro que necesite expresarse. De hecho, si me pongo a escribir es para leerme, para escucharme, para saber de mí. Porque el hecho de no tener algo circulando por la sangre con ansia por salir significa que hay algo que da vueltas y vueltas en mi interior, seguramente dejando rastro, un rastro que estallará, cuando menos lo espere, en un irresistible impulso por ponerme a escribir porque tengo algo que contar.

Eso tenía que contar, y lo he contado.

Graciela Bárbulo