Category Archives: Relatos

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Siroco en mi Sáhara

Category : Relatos

La arena azotaba mis mejillas, se colaba por mis pestañas, mis oídos, mis fosas nasales; inundaba mi melena, latigueaba mis brazos y piernas, hasta que alcanzábamos el portalón de la iglesia y entrábamos.

La doctrina azotó mis mejillas, se coló por mis sentidos, inundó mi melena, vapuleó mi cuerpo entero por entre las costuras de mi vestido.

Y todo aquello había sido engendrado para amar y ser amado.

 


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La pastilla azul

Category : Relatos

El mundo iba levantando las persianas al mismo día que él no quería vivir.

Aquella noche no se había tomado la pastilla azul.

Sabía que era un mago,
no un loco.

Sabía que era un genio,
no un esquizofrénico.

Pero la madrugada de aquella noche insomne el mundo había vuelto a ser absurdo, y los horarios se habían esfumado de su cabeza.

Con la persiana bajada,
apagué mis alarmas y quedé, también, sin tiempos.

Le abracé y le dije:

Yo soy el mundo. Vive conmigo este día,
que yo sé de tu verdad y también tengo magia
.

Aquella mañana vivimos la noche más loca
impregnados de magia
azul
            celeste.


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El Relevo

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Category : Relatos

Su sombra, contra toda ley conocida, se erigió tras él y, temiendo que girara y volviera a tumbarla, deslumbrada, le asestó un negro golpe en la nuca. Mientras moría, el sol reventó y el universo se contrajo velozmente en un agujero negro. Los nuevos pobladores de las sombras habían emergido creando un nuevo mundo sin sombras. Sin luz. 

Nunca hubo primera vez.


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El Científico Implosionado

Category : Relatos

Cuando el científico encontró la Teoría del Todo, nadie se enteró.

Él, que pretendía la gloria en su obsesiva búsqueda, cuando logró al fin vincular adecuadamente cada uno de los elementos que daba respuesta a su objetivo, no pudo advertir que la fórmula adecuada implosionaba en el mismo centro de su búsqueda.

¡Tamaña estupidez pretender encontrar el envoltorio desde dentro del obsequio!, dijo la Nada, creando de este modo un nuevo Todo sin teoría.

Graciela Bárbulo
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Lo que hay

Me quemaba la ansiedad. No pude decir una palabra. Solo nos miramos.

Acercó su mano a mi pecho y plantó sobre él su palma. Un dolor profundo me invadió mientras él sujetaba mi espalda cuando mi cuerpo se desvaneció. Finalmente, abrí los ojos y le miré desde un espacio vacío, liviano. La opresión se había ido.

Entonces, alejó su mano y me la mostró, abierta. Un mundo de humo flotaba sobre ella. Miré atentamente y pude distinguir movimiento denso, como si todo se desarrollara dentro de lodo. Aquello había sido antes aire puro, pero un montón de ideas tercas se habían congregado para espesar el espacio. Fijé la vista y me vi a mí misma empujando mi cuerpo sin destino, desnuda, embarrada.

Me dijo: «sopla».

Yo me reí.

—Sopla— repitió. Él no se reía.

Miré de nuevo aquella forma que se contraía y se expandía, y soplé. Mi aliento era luz. El mundo se iluminó. Soplé de nuevo, y vi cómo se iba desvaneciendo en su mano todo aquello. Cuando entendí que eso no era nada, soplé de nuevo, y desapareció.

Me mostró su mano y me dijo: «aquí nunca hubo nada». Señaló mi cuerpo y me dijo: «ahí nunca hubo nada».

—Aquí, ¿hay algo?— pregunté mirando al suelo.

—Eso es lo que hay— contestó.

Graciela Bárbulo

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Quiero volver a vivir a sangre fría

Category : Relatos

Quiero volver a escribir líneas de tinta en un cuaderno, tener tu sonrisa a un centímetro de mi cara, y tus piernas mezcladas con las mías, entre palabras de cualquier asunto irrelevante envueltas en caricias y rodeadas de abrazos.

 

Quiero sentir de nuevo tu aliento en mi cuello, tu espalda en mis labios. Que nos amanezca por sorpresa, y que no importe.

 

Quiero, a tu lado, escribir de otra cosa que no seas tú, en lugar de hacerlo sobre ti en tu ausencia.

 

Quemaría todo lo escrito desde que te colgué el teléfono la última vez por volver al momento en que te dije que no vinieras y, en su lugar, decirte sí.

 

Quiero volver a ese lugar, descolgar el teléfono, escuchar tu voz, y que vayas conmigo.

 

Graciela Bárbulo

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Por las polillas

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Category : Relatos

Era el único anuncio que no hacía referencia a la necesidad de compañía. «Si te gusta escribir, llámame. Jacinto». Llamé inmediatamente, porque sabía que si dejaba pasar el tiempo necesario para razonarlo acabaría apartando a un lado la idea. Quedamos esa misma tarde, a la seis, en un café.

Pero lo que tienen esas decisiones que se toman sin pensar es que entre el momento que dices allá vamos y el momento que llegas, siempre hay un espacio de tiempo muerto en el cual tu mente queda en blanco y, finalmente, acabas pensando. Eso sí, ya suele ser tarde. Yo había llegado a las seis menos diez. Allí estaba, pegada a la cristalera, tomando un batido de chocolate, desconfiando, cada vez más, del acierto de aquel plan.

Todos los que pasaban ante mis ojos eran candidatos a gastar conmigo aquella tarde que intuía desastrosa. Como un plumero para mis augurios agobiantes, usaba compulsivamente la idea de solo menciona la escritura, solo menciona la escritura. ¿En qué problema me podía haber metido si estaba allí por un tema de literatura? En el caso de que finalmente viniera con otro cuento, se acabó. Y justificado está. Otra cosa hubiera sido que el anuncio escogido fuera uno de esos que dicen algo así como «si te sientes abandonada y buscas compañía en tus momentos de desolación, llámame», como había muchos. Entonces ya no estaría tan justificado que intentara deshacerme de él. En ese caso, tal vez tuviera que tragar con lo que fuera, porque se supone que si alguien busca desprenderse de su soledad por esa vía es porque ya se ha desprendido antes de los escrúpulos.

Yo aún no había llegado a ese punto. Solo me pesaba aquella ciudad que me tenía maniatada al tedio, y ya al borde de la depresión. Los mails de mis amigos lejanos me decían que aún llevaba poco tiempo, pero todo ese tiempo era un día tras otro y, vivido así, debe parecer más.

Miraba disimuladamente por la cristalera. Solo pasaba gente que se me antojaba peor que yo misma. Podía irme, si quería. Nunca me reconocería aunque se cruzara conmigo. Yo sabía que él llevaría una bolsa en la mano, pero él no preguntó nada acerca de mí. Es decir, yo sería la que hiciera el esfuerzo de localizarle. Aún no le conocía y ya me empezaba a parecer un engreído.

El batido de chocolate se estaba acabando. Miré el reloj, deseando que hubiera pasado el tiempo suficiente para desaparecer con una excusa. Las seis menos tres minutos. Los hombres que pasaban del otro lado de la cristalera se llevaban mi mirada clavada a la altura de sus manos caídas. Tal vez alguno creyó que iba en busca de otra visión del mismo nivel. Pero mi soledad más urgente era interior, así que una bolsa en la mano era lo único que perseguía.

Un minuto para las seis. Podía irme. Me sentiría menos culpable si me iba antes de verle, así sería imposible ofenderle.

Pero cómo iba a caer de nuevo en esa soledad. Tenía que ser valiente. Ya eran varias semanas de ausencia de gente alrededor, de conversaciones con amigos lejanos. Empezaba a odiar esa ciudad. Me había prometido que no esperaría ni un día más. Pero, en fin, uno solo… ¿Y si buscara por otro lado que no me comprometiera tanto? Tal vez con más gente de por medio, tal vez otro grupo…

—¿Eres Sandra?

La voz me chocó en la nuca. Sentí que se me había momificado con su aliento. Giré y me encontré tan cerca de su cara que la vi deforme. Sonreí. Cuando me siento nerviosa y culpable a la vez, tiendo a sonreír. Debería corregir este hábito, pero es difícil corregir aquello que se realiza de un modo inconsciente.

—Sí —dije, intentando alejar mi mirada, lo que no conseguí porque su cara me perseguía para darme un beso en la mejilla.

—Yo soy Jacinto —dijo él, tras los dos chasquidos—. Encantado de conocerte.

—Siéntate. ¿Quieres tomar algo?

En ese momento se acercaba ya una camarera. Él pidió un té. Yo pedí un café, y rápidamente añadí:

—Sin cafeína, por favor.

Jacinto me miraba fijamente a toda la cara. Miraba mis ojos, mi boca, mis mejillas. Sus ojos, saltones, me intimidaron. Tal vez esta característica le hacía parecer más interesado en mí de lo que realmente estuviera. Me hundí ligeramente en la silla buscando en la mesa una barrera más definitiva de lo que daba de sí.

—Así que buscas a alguien que le guste escribir… Cuéntame —dije, sonriendo como si no conociera el miedo.

—Bueno, he tenido una experiencia y me gustaría encontrar a alguien que pudiera narrarla.

—Una experiencia…

La camarera me había colocado un té delante, y a él un café. Dudé, deduciendo desinterés por su parte, dado que éramos los únicos a quienes tenía que atender, de que el café realmente fuera descafeinado. Si se hubiera equivocado, la cafeína, añadida a mi tensión, me pondría, directamente, a temblar. Y lo peor de temblar es que uno sabe que tiembla.

Jacinto me pasó la taza que tenía delante y cogió su té. Yo tenía las manos bajo la mesa. Aún estaban tranquilas. Empezarían a retorcerse al momento, cuando se echó hacia delante y, mirándome al fondo de mis ojos, me dijo:

—He estado en la cárcel. Pero me he escapado, porque soy un guerrero de las polillas. La experiencia ha sido alucinante; no se merece quedar ahí.

—¡Ahhhh, ya! —entonces fue cuando mis dedos se retorcieron entre sí. Si hubiera dejado las manos sueltas y cogido la taza, el café habría salido volando—. Claro, y te gustaría que alguien te ayudara a escribirla.

—¿Qué te parece?

—Es muy interesante. Y, dime, ¿por qué caíste en la cárcel?

—Por robar tebeos —levantó una ceja en tono de desprecio y comenzó a desangrar la bolsita de té contra el borde de la taza.

—¡¿Por robar tebeos?! —no pude evitarlo, ahora estaba apasionándome—. Y… pero, o sea… ¿tebeos, tebeos? O sea, Mortadelo y Filemón, Rompetechos… ¿Sí?

—No, hombre. Tebeos antiguos.

—¡Ah! Claro, antiguos. Vale, vale —dije, como si por fin entendiera la dimensión del caso.

Saqué las manos de mi escondite y, enérgica, casi con ira por la mala suerte que estaba teniendo, removí el azúcar en el café.

—Oye —volví al tema tras un sorbo que abrasó mi lengua—, y ¿por qué los robaste?

—Porque soy un guerrero de las polillas y mi misión era hacer un viaje al polo norte. Ellas me lo comunicaron. Así tenía que ser, pero no tenía dinero…

—Y robaste los tebeos.

—Sí. Para venderlos. Valían una pasta, ¿sabes?

—¡Seguro! ¡Qué mala suerte tuviste! ¿Y cómo conociste a las polillas?

—Ellas vinieron a mí.

—¿No te asustaste? —ya me sentía irónica.

—No. Claro que no. Ya estaba prevenido. En cuanto terminé el libro de Castaneda supe que me mandaría un mensaje para decirme que yo era uno de ellos.

—Lo que es la intuición, ¿eh? —yo me había leído todos los libros de Carlos Castaneda; no lograba recordar a las polillas entre sus páginas, quiero decir en sentido metafórico (los ejemplares, de hecho, eran nuevos).

—Tú sí comprendes. Mi psicólogo cree que es producto de mi imaginación. ¡Qué asco de profesionales hay por ahí!

—Desde luego que sí. Le dan a uno un título y ya cree que es lo que pone allí.

—Solo saben sacar dinero. Si por mí fuera, no cobraban un duro. Pero a mi madre le ha entrado la obsesión por que vaya. En fin, a mí me da muchísima pena que se gaste el dinero, pero, en fin, si se siente bien así… Dice que lo quiere invertir en sus niños.

—A ver, a una madre quién la convence de lo contrario.

—Yo, a estas alturas de mi vida, con mis cuarenta y tres años, ya he aprendido que lo mejor que se puede hacer por la madre de uno es darle la razón, que crea que está en lo cierto. Es la mejor forma que conozco de complacerla, tan preocupada…

—Bueno, oye, si te parece bien, me acerco al coche y traigo un cuaderno.

—Eso. Y yo te voy comentando fotos que he traído —señaló una bolsa de plástico a su izquierda, sobre la mesa, que me había pasado inadvertida hasta entonces—, y algunos recortes de textos que hablan del trabajo de los guerreros.

—Vale —dije yo, mientras me levantaba—, y empezamos.

Pudo haberme atropellado un coche, pudo haberme cogido una polilla, pudo haberme dado un jamacuco, pude haber sido secuestrada. Pero me escapé.

Eso fue lo que hice.

Supe que lo haría desde que saqué las manos de debajo de la mesa. De hecho, las saqué por esto, porque ya no me temblaban.

Me metí en casa. Cerré todas las ventanas, me tumbé en el sofá y me quedé en silencio, saboreando el lujo de estar a solas. Un leve pinchazo atravesó mi pecho. Era remordimiento. Tal vez algún día aprenderé a no escaparme. Pero de momento es la única forma que conozco de no insultar gravemente. Ojalá piense que me atropelló un coche, que me dio un vahído, o le digan algo bueno de mí las polillas.

Pero, sobre todo, ojalá nunca me lo encuentre por la calle.

 

Graciela Bárbulo
Relato extraído de la novela El Final de la Circunferencia

 


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Me hubiera gustado

Me hubiera gustado salir contigo, pero salí sola a la terraza. Llovía. Hacía ese tipo de fresco que se quita con tu brazo sobre el mío. Solo habría que esperar un poco para que amaneciera. Quizá cuatro o cinco horas. Me hubiera gustado ver las líneas del cielo coloreándose a tu lado. Pero tal vez aún no volverías, hasta la próxima semana, o el próximo mes. Quién sabe. Quizá no volvieras nunca porque ya te hubieses tragado las pastillas, o lo hicieras en unas semanas, o meses.

No podía hacerlo contigo. Si se tratara de un viaje a tu lado, tal vez. Pero la muerte es individual, y mientras estuviera pasando el tiempo sin que contaras conmigo aún podrías volver en alguna ocasión, todavía.

Cada vez hacía más frío, y el amanecer estaba lejos. Así que volví a la habitación, eché las persianas por si amanecía sin ti, y cerré los ojos.

Era igual dentro que fuera, entonces que ahora. Llueve. Y hace frío.

 

Graciela Bárbulo

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Una vida en la yema de los dedos

De nuevo, una noche más, atrapada en el abismo de su mente.  

El pasado, en este presente, configuraba un futuro incierto. El terror se llamaba crisis de pánico. La soledad era frío en los huesos y dolor en las mandíbulas.

Pero había un presente previo, aquel de luz, risas, inconsciencia y logros cumplidos sin duda. Todo era logrado por aquella chica que no dudaba que sería así. Todo. ¿Sería esa la clave? ¿Sería la realización un proceso que se deslizaba ante los sentidos cuando no invadía su fluir el obstáculo de la duda?

¡Cuántas veces había visto tan claro su deseo, sin interferencias! Tantas como lo había logrado convertir en realidad. No había sido consciente, pero ahora advertía que esa era la diferencia entre aquel tiempo y este; esa era la clave.

Así que cogió el portátil y, tal y como estaba la habitación, fría y sin luz, lo puso sobre la manta que cubría sus rodillas mientras se incorporaba colocando un almohadón tras su espalda, y comenzó a escribir.

Estaba claro. Se trataba de buscar un encuentro con la liberación de aquel crudo proceso que estaba viviendo en su mundo emocional. Y, aún más, de provocar un encuentro con una buena entrada a otro mundo maravilloso. Un mundo que pudiera dar soporte a quien se había demostrado tanto tiempo antes que era ella, donde pudiera desplegar sus mejores sonrisas, sus más ardientes vivencias. En fin, donde sentirse viva.

Unas noches atrás se le había ocurrido la idea de desplazar mentalmente la visión de su anhelo actual hacia el pasado, provocar la sensación de que había avanzado en el tiempo respecto del logro, de forma que todo aquello ya habría sido superado, con la finalidad de averiguar qué cambiaría si pudiera realizarse el desenlace. Pero se perdió en la búsqueda de una identidad para posicionarse en el objetivo, y el proceso de visualización se diluyó. Ahora haría lo de siempre, escribir, pero imprimiría a sus textos un único objetivo: una solicitud. Era fácil, como escritora, descubrir lo difícil que resulta seguir un guión, cuando las teclas comienzan a danzar, para plasmar un argumento. Por lo tanto, en este caso sería el propio texto el que se definiera a sí mismo. No había guión, sólo un punto de partida y un final. Ese era todo el esquema con el que contaría aquello que podría convertirse en una novela, un relato o.. ¡quién sabe! Y qué más daba. No iba a ser algo escrito por ella a través de sus manos, sino algo escrito para ella a través de sus manos. Así que, en total oscuridad, con la única luz de la pantalla y la ilusión, los dedos comenzaron a machacar las teclas, una tras otra, a veces más deprisa, a veces a trompicones. Alguna vez, simplemente, parando y regalando a la imaginación una imagen para pedir ayuda.

Todo era perfecto. Un nuevo proyecto. ¿Un texto? ¡No!, una vida. Una vida desde la cual salir de la vida a su tiempo y amablemente.

 

Graciela Bárbulo


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Relatos Graciela Bárbulo

Nostalgia in crescendo

Si en algún momento, de esos insignificantes, en tu corazón se cuela el recuerdo de nosotros, por favor, detente.

Yo estaré esperando, anhelante, un descarrilamiento de tus pensamientos cotidianos, para que bajes, durante unos instantes, al andén donde el tiempo no existe, y una vez más me mires a los ojos, me sonrías, me aprietes fuerte contra tu pecho envolviéndome en tus brazos, y me susurres, “no pasa nada, amor, yo estoy contigo”. Y después me abraces por la espalda, lentamente, sin tiempo, y pronuncies una vez más en mi oído, “sólo a ti te lo he dicho: te quiero”, para volver a sentir que el mundo se eriza en mi piel y todo, todo es perfecto.

Vuelve a por mí, una vez más. Te necesito amar con el amor de dos sin objetivo, sin respuesta. Sólo miradas, piel, labios y serenidad. Y tiempo, mucho tiempo.

Ven urgentemente, amor, que estoy muy sola.

 

Graciela Bárbulo