Category Archives: Literarios

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La corrección de lo incorrecto

Como una carta sin firma, una casa sin pintar, una escultura sin rostro, un cuadro sin enmarcar; la desazón de la falta, la falta de perfección, el naufragio de un relato, el relato de un error. Ese hambre que se siente tras el último bocado, que rebusca en el vacío lo que la pueda saciar. Ese sexo insatisfecho, ese poder y no ser, esa sensación de rabia, de decepción al leer (al leer un buen relato con fallos en el guion, con faltas de ortografía, de ritmo, de puntuación). Con personajes banales, con situaciones de más, con tramas irresolutas, con un lenguaje vulgar. Todo aquello que separa lo bueno de lo especial, lo nuevo de lo acabado, apreciar de disfrutar. El sutil guiño del arte, el salto de calidad, la depuración del texto, la optimización final.

Habrá quien sostenga que la Corrección Literaria de los textos de autor es ya una actividad en desuso, superada tal vez por las potentes herramientas informáticas que los escritores tienen hoy en día a su disposición. El hecho es que, a tenor de los resultados (perceptibles tanto en las obras ya publicadas en papel como en los relatos leídos en la red, e incluso en el registro usado para la comunicación escrita en los nuevos soportes), la calidad literaria de nuestro idioma se tambalea alarmantemente bajo los embates de la mediocridad, la cultura deficiente, los barbarismos, la dejadez de los autores o la simple chabacanería.

Así, habrá quien se conforme con la música del bar, la película pirata, la opinión prefabricada o el sabor descolorido de una verdura industrial, aminorando su capacidad de disfrute en igual medida que lo percibido se aleja de su ideal. El gusto por el detalle parece quedar reservado a unos pocos excéntricos sibaritas, capaces de emocionarse hasta la lágrima frente a una expresión artística sublime, esos que buscan en las obras que exploran la plenitud de los matices, la terminación de las formas, el sabor, en suma, de la Perfección.

Aunque solo sea en honor a ellos, merece la pena afrontar el reto de su búsqueda.

 

La mirada del otro… en el autor

 

La literatura, como la música, es en su esencia manifestación del genio, sustancia destilada del intelecto creador. Ambos tipos de obras son, además, susceptibles de ser mejoradas por la intervención de funciones especializadas como el corrector o el arreglista, respectivamente. Pudiera parecer, sin embargo, que las composiciones literarias permanecen mucho mas apegadas a su mente creadora que las musicales. Se dice que los autores literarios por lo general soportan mucho peor la crítica constructiva de sus obras recién terminadas que los compositores musicales. Por aventurar una razón, tal vez sea debido a que la creación musical requiere de un conocimiento previo específico para poder producirse, mientras que la literaria es más generalista, abierta a cualquiera que pueda expresar sus ideas de manera oral o escrita. Esto abre un inmenso abanico de diferentes perfiles de autor literario, que en su mayoría se muestran reticentes a observar su obra de manera imparcial con el fin de mejorarla.

Es precisamente aquí donde cobra importancia la figura del Corrector Literario, ese consumidor de textos devenido en asesor que, bien sea por un genuino deseo de ayudar al autor, bien sea por su propio afán de búsqueda de la perfección, es capaz de diseccionar la obra de nuevo cuño para limpiarla de faltas básicas, señalar errores y proponer modificaciones al autor. Conviene aclarar que siempre será el creador de la obra quien tenga la última palabra sobre la pertinencia o no de dichas sugerencias, delimitando de esta forma los resultados de la actividad.

 

Las líneas de corrección: trama, personajes, lenguaje y coherencia

 

Dejando de lado la actividad básica de corrección ortotipográfica del texto, necesaria e irrenunciable en todos los casos, la aportación del corrector debe centrarse en darle aplomo y solidez a la historia que se narra. Es indispensable identificar y respetar al máximo el estilo del escritor, ya que no se trata de reescribir la obra, sino de optimizarla sin salirse de los márgenes que hacen reconocible la marca de su creador.

El análisis general de la narración, la revisión de su escaleta, de su ritmo, de la individualidad y registros empleados por los personajes y por el narrador, darán una buena medida de la coherencia inicial de la obra. La calidad del relato es intrínseca al mismo, pero en muchas ocasiones preferiremos una mala historia brillantemente contada que la mejor de las tramas narrada con saltos, vacíos argumentales y personajes inacabados. Muchas veces, por tanto, una buena corrección marcará la diferencia entre el éxito y el fracaso de la obra. En algunas ocasiones, las propias editoriales pueden llegar a imponer criterios adicionales de corrección, de índole puramente comercial o ideológico, siguiendo sus propias políticas internas. Es la ley del mercado, que el propio autor deberá decidir si abraza o rehúye.

Existe, por otro lado, el riesgo de deslizarse por la pendiente contraria: al igual que sucede con la labor de traducción, una corrección mal ejecutada podría deformar el texto original hasta hacerlo irreconocible. Es por ello de extrema importancia acudir a correctores literarios con la debida formación, en los cuales el autor pueda depositar su plena confianza. A fin de cuentas, el equilibrio final de este ajuste fino que supone la labor de corrección será un reflejo fiel del nivel de compenetración que se alcance entre el escritor de la obra y esa mezcla de oráculo, dependiente de tienda, maestro de escuela, estilista, madre atentísima, vendedor a domicilio, vecino molesto y confesor, en la que habrá transmutado la figura de su corrector literario.

 

 


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Solo pan, gracias

Cuando mi hijo tenía unos tres años, se bajó (con ayuda, por supuesto) de la trona en el restaurante donde estábamos comiendo para pedir algo a la camarera. Ella ni se percató de su existencia, así que el pobre quedó sin respuesta tras varios intentos. En cuanto se dio por vencido, se sentó de nuevo y nos dijo: «No me quiere porque aún no me conoce».

Un amigo que ya tenía dos hijos, me dijo un día «Date cuenta de que tú para él eres el mundo». Aquello no fue una simple frase; recorrí en un momento escenas de mi infancia y su relación con vivencias de mi edad adulta. Ahí estaba. Aquello era el mundo, y siempre lo sería.

Lo que quiero decir es que de lo que nos sentimos abastecidos cuando el mundo es nuestra madre es lo que consideramos que nos pertenece. Y, de alguna manera mágica, atraemos a nuestra vida, de forma natural, todo aquello que fue así de natural tener en la infancia.

Todos tenemos derecho a ser abastecidos por la vida de forma que cada una de nuestras necesidades, y más, nuestros deseos, se cubran con naturalidad, pero eso no siempre ocurre. No. No estoy echando tierra sobre nadie, y mucho menos sobre una madre, que lo soy y sé de qué se trata. Pero, ahora que ya está todo hecho, ¿no podemos darnos cuenta que todo es un juego de expectativas?

Uno ni se plantea que no vaya a tener eso que le ha sido demostrado que le corresponde. Aprendimos que aunque demos caca, tenemos teta, aunque demos berrinche, nos empujan el columpio.

Todo eso es natural, ¿no es así? ¿Quién, que lee esto, no lo ha tenido? Probablemente todos nosotros hemos cubierto esas necesidades. Sin embargo, ahora, ¡qué curioso!, falta dinero, falta amor, falta apoyo, falta consuelo. Nadie empuja nuestros columpios. ¿Qué pasó?

Una espada parece haber cortado nuestro vínculo con el abastecimiento primordial (y natural). Esa espada tiene muchas aristas que se conjugan en un único filo: el inconsciente colectivo.

Ya puedes haber decidido que no lees prensa, que no ves tele, que no te tragas el cuento de las revisiones (¿eres mujer?) ginecológicas forzosas… Pero un día bajas a por el pan y ¡ahí está!, el comentario de la panadera, directo al subconsciente, «Con esta crisis… ¡Porque, que la hay, la hay, y bien gorda!, y sin dinero para las pensiones, y el paro creciendo… Los chavales no tienen futuro; no sé qué va a ser de ellos, están abocados al fracaso». Una barra de pan que te ha costado una vida entera.

¿Cuándo te das cuenta de que el corte entre tus derechos y la apariencia de tu propia vida estaba en una esquina del cruce dos calles más abajo?

No importa cuándo, porque tú sabes que, si algo existe y es bueno, te pertenece. Lo que cualquiera divague sobre ello, le afecta a sí mismo. Tu oración es otra, la misma que bajó contigo del coche como quien lo hace del columpio, así que no te la dejes en la panadería. Más bien dale, como mínimo, un buen trozo de miga arrancado de ese pan que calienta tus manos y huele a gloria.

Graciela Bárbulo

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Contarlo

Hay dos formas de llevar a cabo el proceso de escribir:

Una, tener algo que contar y contarlo.

Otra, no tener nada que contar, y contarlo.

Yo hoy no tengo nada que contar, pero eso no quiere decir que no tenga nada dentro que necesite expresarse. De hecho, si me pongo a escribir es para leerme, para escucharme, para saber de mí. Porque el hecho de no tener algo circulando por la sangre con ansia por salir significa que hay algo que da vueltas y vueltas en mi interior, seguramente dejando rastro, un rastro que estallará, cuando menos lo espere, en un irresistible impulso por ponerme a escribir porque tengo algo que contar.

Eso tenía que contar, y lo he contado.

Graciela Bárbulo

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Parpadeo de la Realidad

«El universo se enciende y apaga en términos de conciencia.»

 

Es verdad que estudiar y practicar insistentemente algo nos puede llevar al dominio (o a la excelencia) de esa materia. Pero mi experiencia a nivel espiritual ha sido diferente. La insistencia en la práctica de este objetivo nos acerca a una puerta en la que se nos muestra algo inesperado. No se trata de ser un genio en eso, sino en ir elevando el nivel de vibración hasta entrar en aquello con lo que ni siquiera contábamos, algo que no buscábamos, y sin embargo se nos muestra. Hablo de encontrar eso de cuya existencia no teníamos conocimiento previo. Esto puede llegar a ser confuso, pero tiempo al tiempo…

En una época de mi vida tuve la suerte de tener entre mi grupo de amigos, no tanto a personas espirituales (que también), sino a personas inquietas con el reconocimiento de que esta realidad no era la base de La Realidad. Hablábamos y practicábamos sanación energética, asistíamos a charlas y cursos sobre diferentes vertientes de la metafísica, y nos reuníamos para compartir experiencias.

En un momento dado, después de haber devorado «El Libro de Oro», de Saint Germain, y mientras leía, igual de vorazmente, la primera parte de «Un Curso de Milagros», tomé la costumbre de realizar la respiración alterna todos los días. Al poco tiempo comenzaron a surgir imágenes en mi mente, tan obvias como la realidad, imágenes de las que nunca desentrañé claramente el significado, pero ahí estaban, surgían de la nada de diferentes maneras: se plantaban ante mí o se mostraban a través de un agujero de luz que se iba abriendo lentamente, como si diera paso a otra dimensión, y mostraban, siempre, seres y objetos que parecían estar hechos de luz, repletos de brillos dorados.

Pero lo que más me sorprendió, que rápidamente compartí con mis amigos de ejercicios-experiencias, fue algo que me sucedió en un momento inesperado y de la manera más insólita. Se trataba de un modo de percepción de la realidad diferente al que hasta ese momento había experimentado. Iba conduciendo mi coche, sumergida en mis pensamientos, camino de mi casa desde el trabajo cuando, parada en un semáforo en rojo, miré hacia lo lejos y vi todo el escenario de actividad de la avenida en fotogramas. Las imágenes no eran continuas. A través de unos espacios de espacio-tiempo mínimos, podía percibir que todas las imágenes eran estáticas, pero se sucedían unas a otras de forma congruente, de manera que podía, uniéndolas secuencialmente, crear la sensación de movimiento. Es decir, el mundo no se mostraba como un continuum, sino como una serie de imágenes estáticas a las que mi consciencia, para dotar de significado, daba continuidad.

Cuando arranqué el coche, seguí mirando el escenario, y se mantenía igual. Al momento giré a la izquierda y todo se desvaneció.

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La vida volvía a ser como siempre. Pero yo ahora ya sabía que todo era cuestión de percepción, y no tenía por qué ser más válida la que hasta ese momento había tenido, la misma que todo el mundo mostraba tener.

Claro, llegué a casa y llamé rápidamente a mi amiga más ducha en experiencias extrasensoriales, pero creo que ni siquiera prestó demasiada atención. Sin embargo, yo sabía que había tomado contacto con algo real.

Más detalladamente, porque estas experiencias van acompañadas de determinados tipos de concepción, lo que percibí a nivel de consciencia (no visual) fue el Espacio que existe entremedias de cada fotograma. Me percaté de la pantalla, el espacio virgen sobre el que se sustentaba cada imagen. Este espacio era la naturaleza de la creación misma. ¡Y yo había tomado contacto con él! Este espacio, que como piezas de puzzle mal engarzadas, mostraba la esencia del Espacio Creador en el que todo estaba ubicado, al presentarse ante mi percepción me estaba informando de que estaba a mi disposición. Y, como tal, a disposición de todo aquel que diera por válida su realidad.

¿Y qué significa esto?

Pues bien, nosotros creamos cada escena como consecuencia de la escena anterior. ¿Quién piensa que cuando un hombre se tira al agua va a salir volando? Todos sabemos que cuando esto sucede, el hombre, en primer lugar, se moja, y, o nada o bucea. Entonces, nosotros creamos cada fotograma, cada trazo de realidad en función de la lógica. Pero este mecanismo es aprendido. Podemos cambiarlo, sí. Aunque, ¿hasta qué punto?

Bien, yo puedo, porque solo a mí me concierne, aplicar una nueva percepción de realidad no lógica; es decir, implantar una nueva diapositiva, y sus secuencias elegidas por mi voluntad, a algo que me afecte a mí, y solo a mí. La cuestión para hacer una modificación que afecte a la percepción de otro, o más aún, grupal, social… depende de la percepción del conjunto. Y aquí, Sancho, con la iglesia hemos topado.

La cuestión es que estuve muchos años queriendo comprender qué había sido esta percepción, buscando, leyendo a los grandes seres ascendidos, advaitas, yoguis, cuánticos…, y nunca encontré información sobre el tema.

Y ahora, de golpe, me entero de que esto se llama «Parpadeo de la Realidad». Y que científicos, yoguis, rishis, lo conocen. Y que lo definen así: «El universo se enciende y apaga en términos de conciencia, muy rápido, como un shift parpadeante».

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¡Sí! Eso es. No sé cuánto dura. No sé por qué lo he visto; seguramente porque ralenticé mi nivel de percepción al trabajar con la respiración consciente, marcando sus ritmos y recorrido, mientras adentraba en mí conceptos que desestructuraban esta realidad como algo que es por defecto. Pero no me lo esperaba. Fue un regalo, un regalo divino. El regalo de la Esencia sobre la que se crea la aparente realidad, como algo a mi/nuestra disposición. No es necesario ver los fotogramas prediseñados (esto mantiene la ilusión). Es posible, está a nuestra disposición, percibir la materia prima de estos fotogramas, y crear de este modo la realidad que queramos.

¿Cómo hacerlo? ¿Quién dijo «fe»?

Si te paras a pensar de manera lógica, todo esto que existe surge, o de algo o de la nada (no hay otra). En ambos casos podemos tener acceso a ello. Porque en esta situación, el algo se nos ofrece, y la nada se nos muestra como potencial, es decir, como otro algo.

Si todo esto que percibimos, y el modo en que lo hacemos, está creándose a partir de nuestra conciencia inconsciente, ¿qué pasaría si aplicáramos nuestra conciencia consciente y creáramos a voluntad las imágenes en nuestra mente, las que deseemos en nuestra realidad?

¿Qué se necesita? Yo doy aquí cuatro ingredientes: Fe (a falta de experiencia o lógica), Imaginación (visualizar, y visualizarse por encima de toda falta de autoestima aprendida que nos envíe información de que no es lógico, o que no lo merecemos), Sensación (sentir la emoción vinculada a la imagen de nuestra mente) y ¡Constancia! Que no te venzan las realidades que se te muestran constantemente. Si ellas lo siguen haciendo es porque tienen más fuel (todavía) que las nuevas que estás implantando. Pero al dejar de prestarles atención en favor de otras imágenes nuevas, ¡garantizado!, las cambias.

La realidad, por tanto, está predefinida. Pero siempre y cuando nuestra voluntad no actúe a favor de un rediseño. Está en nuestra conciencia: la realidad está en nuestras manos.

 

 

Graciela Bárbulo


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Nos concernimos

Es necesario, en este nivel de evolución en el que está la humanidad, que asumamos de una vez por todas que somos más que un cuerpo físico.

A lo largo de nuestra historia hemos ido tomando conciencia de que estamos compuestos por diferentes niveles vibratorios. De tal modo, contamos con un nivel emocional y un nivel mental, de los que, por cierto, somos conscientes. Hemos podido, además, comprobar que no somos víctimas, si no queremos, de nuestras emociones ni de nuestra mente, sino que podemos interactuar con ellas a fin de lograr un equilibrio en ambos niveles.

Pero se nos resiste la evidencia de que, además de todo ello, físico, emoción y mente, poseemos también un cuerpo energético que, del mismo modo que los mencionados, forma parte de nuestra identidad. Y que si no interactuamos con él nos podemos volver víctimas suyas. ¿Por qué nos resistimos?

Hasta hace muy poco tiempo no se ha visto una clara apertura de las conciencias a la aceptación de esta realidad y el desarrollo de actividades vinculadas con la misma. La información va creciendo a medida que las mentes van consiguiendo integrarla, y el proceso va acelerándose.

Con anterioridad a este desarrollo, mucha gente hacía mofa de las actividades relacionadas con los niveles energéticos del ser humano y las vinculaba por defecto con la farsa y el oportunismo, que indudablemente también se han dado. Todo esto es consecuencia de la desinformación, y ya es hora de cambiarlo. Porque, se quiera o no, esta realidad forma parte de la realidad total del individuo. No se trata de una farsa ni es el privilegio de unos pocos, y está en tu mano interactuar con ella o dejarte arrastrar por ella.

No forma parte de ninguna doctrina con la que hay que comprometerse, no surge de una corriente mística que convierte en un ser inabordable a quien la practica. Es real y tangible. Forma parte de nuestro mundo.

Tenemos un aura que es visible para una vista convenientemente entrenada. Este aura es el campo bioenergético que rodea y ocupa el cuerpo de cada persona. En ella están reflejados los niveles emocional, mental y energético de la persona. Es necesario integrar el concepto de cuerpo energético para poder aceptar mejor esta realidad.

Para ello, debemos añadir que cada pensamiento, sentimiento, temor, etc., todo aquello que sea propio, tiene su reflejo en este aura. Y por lo tanto, allá donde vayamos transportamos no sólo nuestro cuerpo físico, nuestras emociones y psicología, sino también nuestro cuerpo de energía.

Esta energía bioeléctrica interactúa con nuestro sistema de chakras. Un chakra es un vórtice energético que nos permite absorber y expulsar energía, o vibraciones, compartiendo nuestra identidad individual con el exterior (el ambiente y las otras identidades). En nuestro cuerpo existen siete chakras principales, y cada uno se corresponde con un nivel de conciencia diferente.

Estos chakras vienen a ser el vínculo entre nuestro cuerpo orgánico y el cuerpo etérico, y se enlazan a través de las siete glándulas principales. Por medio de esta comunicación con las glándulas, la energía “externa” pasa a formar parte de estos siete niveles de energía que nos pertenecen, y así mismo estos niveles de energía se interrelacionan con el exterior, pasando nuestra identidad personal a formar parte del “todo”, de la energía de los que nos rodean y del exterior en general.

En algunas ocasiones sentimos afinidad y bienestar frente a situaciones concretas, personas, lugares, etc. Y en otras sucede todo lo contrario, sentimos roce, rechazo, malestar, etc. Todo esto no es otra cosa que el reflejo de nuestra vibración individual con la del entorno.

Cuando nos referimos al segundo caso, es decir, cuando vivimos sensaciones de roce, incomodidad, percepción de malestar, etc., si se trata de situaciones o personas concretas, estamos diciendo que hay una falta de sincronía, de afinidad, que impide la fusión de ambas vibraciones; y cuando a lo que nos referimos es a una realidad vital, es decir, algo que nos sucede con la vida, frente a circunstancias concretas (amistades, dinero, amor, etc.), se trata seguramente de un desajuste de los chakras y de bloqueos en el aura.

¡Pero esto se puede corregir! Existe la posibilidad de llegar a conocer esta realidad de la que formamos parte, para llegar a comprendernos e interactuar así con nuestros chakras y nuestra aura. O, como poco, existe la posibilidad, del mismo modo que existen médicos que curan el físico, psicólogos y psiquiatras que curan la mente y las emociones, de curar el cuerpo energético a través de Maestros Sanadores especializados en el manejo de las energías.

Un Maestro Sanador es aquel que ha llegado a adquirir los conocimientos que definen esta realidad y ha sabido lograr el equilibro en sí mismo. De esta forma, puede llegar a canalizar la energía Universal a través de sí, uniendo sus conocimientos a la aplicación de la energía, y de esta forma actúa, en primer lugar, localizando las disfunciones, es decir, bloqueos y desequilibrios, y después aplicando la energía universal o prana, energía inteligente sin cualificar, para desbloquear el aura y los chakras.

Esta labor lleva a que la persona tratada se vea libre de bloqueos vibracionales, de forma que sea su verdadera identidad, sin lastres de traumas, miedos, etc., aquella que dirija los actos de su vida.

Tras este trabajo, la persona tratada queda limpia y viajará por su mundo dentro de la realidad del mismo, siendo quien verdaderamente es, y no dando palos de ciego, tropezando siempre con la misma piedra, que no es otra que la suya propia.

Es imprescindible, por lo tanto, después de todos los campos en los que hemos ido evolucionando a través de nuestra existencia humana, que por fin tomemos contacto con nosotros mismos, con quienes somos en nuestra realidad más genuina. Ya es hora.

Nos concernimos.

 

Graciela Bárbulo


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Comprender para Empoderarse

La Transmutación permite Trascender el conflicto para y alcanzar la Liberación

Con frecuencia, las personas esperamos recibir de otros (amigos, terapeutas…) pistas sobre cómo actuar frente a situaciones que consideramos injustas, para eliminarlas.

Sin embargo, el secreto para lograr esto no reside en un comportamiento determinado, sino en una Visión determinada. Los problemas existen en tanto que nuestra mente los percibe. Tenemos que eliminar la percepción de rechazo, dejar de percibir injusticia, y trasmutar la situación. Nadie puede cambiar nuestras vidas.  Cuando sintamos que estamos padeciendo algo injusto, la forma de transmutarlo pasa por “Comprender”.

«Comprender» quiere decir abarcar. Aquello que abarcas, lo «Comprendes», porque Comprendes sus partes, todas, no solo las que te afectan (la parte dual que permite una interpretación desde la óptica de tus intereses).

Solo después de Comprender se puede Trasmutar.

Esto implica pasar de la Dualidad a La Unidad: Cuando tienes un problema, estás viendo solo una cara de una realidad, que en sí misma no es ni buena ni mala. Percibes, simplemente, la parte que te afecta. Y te afecta porque fricciona con otro sector de tu realidad que quieres proteger, llegando hasta el punto en que esta fricción se convierte en problema (porque exige una renuncia para desaparecer).

Pero eso de lo que solo percibes la cara que te atañe, tiene otra parte que lo justifica, que justifica su existencia. Entonces, si logras pasar de la dualidad, de ver la cara que representa tu problema, al concepto total en sí: lo que «eso» Es en sí mismo, Comprendes la razón de su existencia, y logras también Comprender los motivos de su incidencia en tu vida, en tus circunstancias.

Este es el único modo de trascenderlo. Porque lograr esto es viajar desde la Dualidad hasta la Unidad. Y al viajar hasta la Unidad, «Comprendes», y el tiempo que permanezcas en la Unidad también estás libre del problema, porque ¡era problema en tanto que tú friccionabas con ello, es decir, en tanto que tú, al ser dual, te veías afectado por un aspecto de «eso»! Sin embargo, al formar parte de la Unidad, Acoges «eso», es decir, «eso» ya forma parte de lo que tú manejas, incluso decides si existe o no, de manera que no hay cosa externa que atente contra nada tuyo (vida, relaciones…).

Y esto requiere Empoderamiento.

Por lo tanto, la clave está en ser uno mismo quien Comprenda, quien acepte, quien se empodere y quien logre Trascender lo que le afectaba negativamente, para convertirlo en anécdota.

Como ves, no funciona la acción de otro. No hay nada que hacer que no sea desde tu identidad. Por otra parte, aún si otro pudiera intervenir, estarías dependiendo siempre de él, porque al no haber llegado a alcanzar el concepto de Unidad, te volverías a ver pronto en otra similar, y de nuevo solicitarías ayuda.

Eres dueño de ti mismo, de tus circunstancias, de tu percepción, de tu realidad.

Ojalá te pueda ayudar, a través de los contenidos de este Blog, a vivenciar esta Verdad, a deshacerte de todo lo que suponga un problema. Y, más tarde, a independizarte del entorno. Tú eres tu único dueño, y el artífice de tu vida, y lo comprobarás si conectas con lo aquí expuesto.

Acepta → Comprende (la parte de tu realidad que te genera conflicto, y conviértete en aquello que es capaz de integrarla, para que ya no forme parte de tu vida, perjudicándote)  Empodérate.

Construye la vida que quieres. Estás capacitado. Eres Libre.

 

Graciela Bárbulo