Lo que hay

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Lo que hay

Me quemaba la ansiedad. No pude decir una palabra. Solo nos miramos.

Acercó su mano a mi pecho y plantó sobre él su palma. Un dolor profundo me invadió mientras él sujetaba mi espalda cuando mi cuerpo se desvaneció. Finalmente, abrí los ojos y le miré desde un espacio vacío, liviano. La opresión se había ido.

Entonces, alejó su mano y me la mostró, abierta. Un mundo de humo flotaba sobre ella. Miré atentamente y pude distinguir movimiento denso, como si todo se desarrollara dentro de lodo. Aquello había sido antes aire puro, pero un montón de ideas tercas se habían congregado para espesar el espacio. Fijé la vista y me vi a mí misma empujando mi cuerpo sin destino, desnuda, embarrada.

Me dijo: «sopla».

Yo me reí.

—Sopla— repitió. Él no se reía.

Miré de nuevo aquella forma que se contraía y se expandía, y soplé. Mi aliento era luz. El mundo se iluminó. Soplé de nuevo, y vi cómo se iba desvaneciendo en su mano todo aquello. Cuando entendí que eso no era nada, soplé de nuevo, y desapareció.

Me mostró su mano y me dijo: «aquí nunca hubo nada». Señaló mi cuerpo y me dijo: «ahí nunca hubo nada».

—Aquí, ¿hay algo?— pregunté mirando al suelo.

—Eso es lo que hay— contestó.

Graciela Bárbulo
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