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Por las polillas

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Categoría: Relatos

Era el único anuncio que no hacía referencia a la necesidad de compañía. «Si te gusta escribir, llámame. Jacinto». Llamé inmediatamente, porque sabía que si dejaba pasar el tiempo necesario para razonarlo acabaría apartando a un lado la idea. Quedamos esa misma tarde, a la seis, en un café.

Pero lo que tienen esas decisiones que se toman sin pensar es que entre el momento que dices allá vamos y el momento que llegas, siempre hay un espacio de tiempo muerto en el cual tu mente queda en blanco y, finalmente, acabas pensando. Eso sí, ya suele ser tarde. Yo había llegado a las seis menos diez. Allí estaba, pegada a la cristalera, tomando un batido de chocolate, desconfiando, cada vez más, del acierto de aquel plan.

Todos los que pasaban ante mis ojos eran candidatos a gastar conmigo aquella tarde que intuía desastrosa. Como un plumero para mis augurios agobiantes, usaba compulsivamente la idea de solo menciona la escritura, solo menciona la escritura. ¿En qué problema me podía haber metido si estaba allí por un tema de literatura? En el caso de que finalmente viniera con otro cuento, se acabó. Y justificado está. Otra cosa hubiera sido que el anuncio escogido fuera uno de esos que dicen algo así como «si te sientes abandonada y buscas compañía en tus momentos de desolación, llámame», como había muchos. Entonces ya no estaría tan justificado que intentara deshacerme de él. En ese caso, tal vez tuviera que tragar con lo que fuera, porque se supone que si alguien busca desprenderse de su soledad por esa vía es porque ya se ha desprendido antes de los escrúpulos.

Yo aún no había llegado a ese punto. Solo me pesaba aquella ciudad que me tenía maniatada al tedio, y ya al borde de la depresión. Los mails de mis amigos lejanos me decían que aún llevaba poco tiempo, pero todo ese tiempo era un día tras otro y, vivido así, debe parecer más.

Miraba disimuladamente por la cristalera. Solo pasaba gente que se me antojaba peor que yo misma. Podía irme, si quería. Nunca me reconocería aunque se cruzara conmigo. Yo sabía que él llevaría una bolsa en la mano, pero él no preguntó nada acerca de mí. Es decir, yo sería la que hiciera el esfuerzo de localizarle. Aún no le conocía y ya me empezaba a parecer un engreído.

El batido de chocolate se estaba acabando. Miré el reloj, deseando que hubiera pasado el tiempo suficiente para desaparecer con una excusa. Las seis menos tres minutos. Los hombres que pasaban del otro lado de la cristalera se llevaban mi mirada clavada a la altura de sus manos caídas. Tal vez alguno creyó que iba en busca de otra visión del mismo nivel. Pero mi soledad más urgente era interior, así que una bolsa en la mano era lo único que perseguía.

Un minuto para las seis. Podía irme. Me sentiría menos culpable si me iba antes de verle, así sería imposible ofenderle.

Pero cómo iba a caer de nuevo en esa soledad. Tenía que ser valiente. Ya eran varias semanas de ausencia de gente alrededor, de conversaciones con amigos lejanos. Empezaba a odiar esa ciudad. Me había prometido que no esperaría ni un día más. Pero, en fin, uno solo… ¿Y si buscara por otro lado que no me comprometiera tanto? Tal vez con más gente de por medio, tal vez otro grupo…

—¿Eres Sandra?

La voz me chocó en la nuca. Sentí que se me había momificado con su aliento. Giré y me encontré tan cerca de su cara que la vi deforme. Sonreí. Cuando me siento nerviosa y culpable a la vez, tiendo a sonreír. Debería corregir este hábito, pero es difícil corregir aquello que se realiza de un modo inconsciente.

—Sí —dije, intentando alejar mi mirada, lo que no conseguí porque su cara me perseguía para darme un beso en la mejilla.

—Yo soy Jacinto —dijo él, tras los dos chasquidos—. Encantado de conocerte.

—Siéntate. ¿Quieres tomar algo?

En ese momento se acercaba ya una camarera. Él pidió un té. Yo pedí un café, y rápidamente añadí:

—Sin cafeína, por favor.

Jacinto me miraba fijamente a toda la cara. Miraba mis ojos, mi boca, mis mejillas. Sus ojos, saltones, me intimidaron. Tal vez esta característica le hacía parecer más interesado en mí de lo que realmente estuviera. Me hundí ligeramente en la silla buscando en la mesa una barrera más definitiva de lo que daba de sí.

—Así que buscas a alguien que le guste escribir… Cuéntame —dije, sonriendo como si no conociera el miedo.

—Bueno, he tenido una experiencia y me gustaría encontrar a alguien que pudiera narrarla.

—Una experiencia…

La camarera me había colocado un té delante, y a él un café. Dudé, deduciendo desinterés por su parte, dado que éramos los únicos a quienes tenía que atender, de que el café realmente fuera descafeinado. Si se hubiera equivocado, la cafeína, añadida a mi tensión, me pondría, directamente, a temblar. Y lo peor de temblar es que uno sabe que tiembla.

Jacinto me pasó la taza que tenía delante y cogió su té. Yo tenía las manos bajo la mesa. Aún estaban tranquilas. Empezarían a retorcerse al momento, cuando se echó hacia delante y, mirándome al fondo de mis ojos, me dijo:

—He estado en la cárcel. Pero me he escapado, porque soy un guerrero de las polillas. La experiencia ha sido alucinante; no se merece quedar ahí.

—¡Ahhhh, ya! —entonces fue cuando mis dedos se retorcieron entre sí. Si hubiera dejado las manos sueltas y cogido la taza, el café habría salido volando—. Claro, y te gustaría que alguien te ayudara a escribirla.

—¿Qué te parece?

—Es muy interesante. Y, dime, ¿por qué caíste en la cárcel?

—Por robar tebeos —levantó una ceja en tono de desprecio y comenzó a desangrar la bolsita de té contra el borde de la taza.

—¡¿Por robar tebeos?! —no pude evitarlo, ahora estaba apasionándome—. Y… pero, o sea… ¿tebeos, tebeos? O sea, Mortadelo y Filemón, Rompetechos… ¿Sí?

—No, hombre. Tebeos antiguos.

—¡Ah! Claro, antiguos. Vale, vale —dije, como si por fin entendiera la dimensión del caso.

Saqué las manos de mi escondite y, enérgica, casi con ira por la mala suerte que estaba teniendo, removí el azúcar en el café.

—Oye —volví al tema tras un sorbo que abrasó mi lengua—, y ¿por qué los robaste?

—Porque soy un guerrero de las polillas y mi misión era hacer un viaje al polo norte. Ellas me lo comunicaron. Así tenía que ser, pero no tenía dinero…

—Y robaste los tebeos.

—Sí. Para venderlos. Valían una pasta, ¿sabes?

—¡Seguro! ¡Qué mala suerte tuviste! ¿Y cómo conociste a las polillas?

—Ellas vinieron a mí.

—¿No te asustaste? —ya me sentía irónica.

—No. Claro que no. Ya estaba prevenido. En cuanto terminé el libro de Castaneda supe que me mandaría un mensaje para decirme que yo era uno de ellos.

—Lo que es la intuición, ¿eh? —yo me había leído todos los libros de Carlos Castaneda; no lograba recordar a las polillas entre sus páginas, quiero decir en sentido metafórico (los ejemplares, de hecho, eran nuevos).

—Tú sí comprendes. Mi psicólogo cree que es producto de mi imaginación. ¡Qué asco de profesionales hay por ahí!

—Desde luego que sí. Le dan a uno un título y ya cree que es lo que pone allí.

—Solo saben sacar dinero. Si por mí fuera, no cobraban un duro. Pero a mi madre le ha entrado la obsesión por que vaya. En fin, a mí me da muchísima pena que se gaste el dinero, pero, en fin, si se siente bien así… Dice que lo quiere invertir en sus niños.

—A ver, a una madre quién la convence de lo contrario.

—Yo, a estas alturas de mi vida, con mis cuarenta y tres años, ya he aprendido que lo mejor que se puede hacer por la madre de uno es darle la razón, que crea que está en lo cierto. Es la mejor forma que conozco de complacerla, tan preocupada…

—Bueno, oye, si te parece bien, me acerco al coche y traigo un cuaderno.

—Eso. Y yo te voy comentando fotos que he traído —señaló una bolsa de plástico a su izquierda, sobre la mesa, que me había pasado inadvertida hasta entonces—, y algunos recortes de textos que hablan del trabajo de los guerreros.

—Vale —dije yo, mientras me levantaba—, y empezamos.

Pudo haberme atropellado un coche, pudo haberme cogido una polilla, pudo haberme dado un jamacuco, pude haber sido secuestrada. Pero me escapé.

Eso fue lo que hice.

Supe que lo haría desde que saqué las manos de debajo de la mesa. De hecho, las saqué por esto, porque ya no me temblaban.

Me metí en casa. Cerré todas las ventanas, me tumbé en el sofá y me quedé en silencio, saboreando el lujo de estar a solas. Un leve pinchazo atravesó mi pecho. Era remordimiento. Tal vez algún día aprenderé a no escaparme. Pero de momento es la única forma que conozco de no insultar gravemente. Ojalá piense que me atropelló un coche, que me dio un vahído, o le digan algo bueno de mí las polillas.

Pero, sobre todo, ojalá nunca me lo encuentre por la calle.

 

Graciela Bárbulo
Relato extraído de la novela El Final de la Circunferencia

 


Ejercicio para acelerar el proceso del cambio hacia la vibración que Eres

¿Quieres eliminar ciertas cosas de tu vida y agregar otras, pero no sabes de qué forma llevar a cabo el proceso?

Fíjate en que las que quieres añadir son la cara opuesta de las que quieres eliminar.

Quieres eliminar «lo que no es» para agregar «lo que es», con ello quiero decir lo que pertenece o no a tu actual realidad vibratoria.

Eso que ahora está y no deseas entró a formar parte de tu campo vital cuando tú estabas en un nivel de vibración inferior al actual. Tú lo atrajiste. Ahora no te nutre; es más, te drena. Lo que te nutre es justo aquello que hubiera pasado a formar parte de tu realidad si no hubieras atraído eso que ahora vibra más bajo que tú, en la frecuencia que vibrabas en aquel tiempo que lo ingresaste. Pero en aquel momento no estaba visible como una opción, sino tras una serie de circunstancias que elegiste no vivenciar.

No te preocupes. Todo eso es una fantasía. Tiene un principio y un final. Deja de prestarle atención y, aunque siga en tu vida por un tiempo, se irá desactivando poco a poco. Notarás que deja de ejercer presión, que pierde poder.

Ahora bien, ¿qué pasa con lo que deseas atraer? Eso vendrá, y lo hará porque el lugar que deseas que ocupe es el que le pertenece por resonancia con tu vibración actual. Sin embargo, la espera es demasiado larga, ¿verdad? Tú vas más deprisa en tu evolución que la ilusión que has creado. Y sientes desesperación de estar cargando con algo que no te pertenece en el «ahora».

Te propongo un EJERCICIO para acelerar el proceso de cambio. Con sus instrucciones atraerás más rápidamente hacia tu vida la realidad que te pertenece, esa que está en armonía con tu vibración actual:

Visualiza un círculo. En él estará representado todo lo que compone tu realidad: tu visión de ti mismo, tu trabajo, tu casa, tu pareja, tus circunstancias más relevantes, tu salud, tu economía…. Presta atención a todas y cada una de esas cosas. Identifica cada una con un símbolo que la defina.

Ahora tienes un tablero con todas las fichas. Tú eres el tablero. Las fichas son los elementos que juegan en tu vida.

Escoge una ficha, la que represente la realidad que más te molesta. Cógela, en tu visualización, y sácala fuera de la línea que delimita el círculo que tú eres. Una vez fuera, visualiza cómo se diluye su figura. Desaparece. Y ahora, siente… ¿Cómo sientes tu vida sin la realidad que representaba esa ficha en ella? ¡Te has quitado un peso de encima! Siéntete sin ese peso… Cuando hayas completado la sensación de liberación, averigua qué quieres que haya en su lugar. ¿Te vale con quedarte así, o deseas algo en su lugar? ¿Se ha ido una persona nociva y te quedas conforme? ¿Es suficiente con eso o deseas una persona bondadosa en su lugar? ¿Se ha ido una relación tóxica y te quedas muy feliz en su ausencia, o deseas una relación con la que vivir el amor, la empatía, la realización, con la que ser feliz?

Si deseas ingresar algo en su lugar, visualízalo. Pero antes estudia que desde el punto de vista espiritual sea Legítimo. Y, en este caso, lo legítimo se define básicamente por los siguientes principios:

  • No afecta el libre albedrío de otro.
  • Potencia el amor
  • Ofrece poder
  • Permite el desarrollo y la expresión.

Cuando lo tengas definido, visualiza su forma. Entonces, eso se convertirá en una imagen, y finalmente una ficha, que meterás dentro del círculo en el lugar de la que retiraste.

Ahora, recréate en sentirte con ello en tu vida. Respira, respíralo y siente…

Haz esto con todos los elementos, con cada ficha. Saca del tablero la carencia e introduce la abundancia. Saca lo que bloquea, lo que impide, e introduce lo que aporta, lo que es afín en vibración.

(Al realizar este ejercicio, ten en cuenta que la carencia es un «algo»; es decir, si te falta dinero, si te falta amor, si te falta seguridad, no hay un vacío de eso, sino un «algo» que lo sustituye. Identifica qué representa esa carencia, conviértelo en ficha y sácalo fuera del círculo que te representa en la vida).

Todo lo que hay en tu vida responde a lo que tú fuiste en algún momento. El espíritu  evoluciona más rápido que la energía, que le sigue. La conciencia siempre crece más ligera que la materialización de su realidad. Lo que eres ahora está en vías de plasmarse, pero con este ejercicio aceleras el proceso.

Si lo deseas y es legítimo, te pertenece, ya viene camino de tu realidad. Entonces, le puedes dar un impulso.

Lo que deseaste y no coincide con tu vibración actual se está alejando, pero si visualizas que el sitio ya está vacante, que ya se ha ido, acelerarás el proceso.

Es Legítimo este ejercicio. Te pertenece ver realizada la proyección de lo que Eres. El tiempo sutil se acelera y lo material no le sigue al mismo ritmo, por su vibración densa. Está bien, es correcto colaborar desde una dimensión superior para ver representado el resultado de lo que Eres.

Permite al Universo dar los pasos necesarios para reorganizar tu realidad desde lo que ahora representa hasta lo que has solicitado. Es posible que no siempre puedas interpretar correctamente los pasos que la naturaleza da, pero confía en que, independientemente de la apariencia que muestre, son los correctos, y al final tu tablero estará con las piezas elegidas para jugar una vida legítima, consciente y feliz.

 

Graciela Bárbulo

Vivir en el Aquí-Ahora vs. Vivir en la mente

Mira tus pensamientos.
Si los puedes percibir, no estás en la mente.

El que entra en los pensamientos, se somete a sus leyes;
el que los puede ver, queda fuera, los domina.

Ese es el Ser, y es Libre.

Eso Eres Tú.

Graciela Bárbulo

No Puedes Morir

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Categoría: Poemas Místicos

¿Qué es todo sin ti?

¿Es posible que la vida exista y tú no?

Esta es la incógnita que se despeja cuando la consciencia vibra desde el Ser:
«Todo es Yo». Y aún más: «Yo Es Todo».

No puedes desaparecer a nada, porque todo Es lo que Eres.
No puedes morir sin que muera toda la creación.

No puedes morir.

 

Graciela Bárbulo
Vídeo

Amor ⇒ Arte

 

Cuando acaban los pensamientos y surge el amor,

la única forma probable de expresión se llama Arte.

Graciela Bárbulo

La Luna

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Categoría: Poesía

 
Solo alcanzo a verle un pedacito,

esta noche,

envuelta en nubes que la van ocultando

cada vez más,

 

            como a mi recuerdo de ti.

 

Muestra un color, que no es el suyo,

marcado por la contaminación

del tiempo,

 

            como tu recuerdo.

 

Cada vez más oculta,

está desapareciendo.

 

            Como tú.

 

 

Graciela Bárbulo


Caigan las Distancias

Categoría: Poesía

Que caigan las distancias
por el precipicio anegado de deseo
oculto.

Que tus labios consuman en los míos
lo que la boca calló
y los ojos pronunciaron.

Graciela Bárbulo
Poema seleccionado para formar parte de la Antología Poetas Nocturnos, de «Diversidad Literaria».

Caigan las Distancias

 


Despertar

Cuando tú estás en un sueño y te preguntas cómo has llegado a esa situación, te despiertas.

Del mismo modo, cuando tú te preguntas cómo has llegado a la propia vida personal, Despiertas.

La cuestión es que Despertar no es un escalón que nos conduzca directamente a la Liberación. Con frecuencia, nos lleva a otro escalón, y este a otro; y cada uno de ellos nos aleja más del momento de partida, pero no sabemos a dónde nos acerca.

Sin embargo, ya no hay retorno.

En el mismo acto de hacerse la pregunta radica el Despertar.

Preguntárselo y Despertar son una misma cosa. Una vez aceptado por la mente, la cuestión no es que ésta se desintegre, sino que su argumento se despersonaliza. Este proceso, el yo individual lo interpreta como una especie de muerte.

Pero más allá de ello, resurge, paulatinamente, la Verdadera Identidad, que consiste en una Re-conexión con todas las identidades escondidas de sí mismas tras una apariencia individualizada.

Graciela Bárbulo

Esta realidad

Esta realidad es verdad,
pero,
del mismo modo que el personaje proyectado sobre una pantalla no puede decidir nada acerca de sí mismo,
esta realidad
no tiene poder.

Sin embargo,
tú eres la luz que se proyecta y,
más allá,
la idea
y la elaboración de lo proyectado.

Siempre.

Graciela Bárbulo